Doña Elvira se inclinó sobre la cama y besó con suavidad la frente de Nico, que dormía profundamente, abrazado a su pequeño peluche.
Lo observó por unos segundos, con una mirada entre tierna y calculadora.
—Descansa, mi niño… —susurró con voz baja—. Ahora estás en casa, donde realmente perteneces.
Apagó la lámpara de noche y salió del cuarto con paso lento, cerrando la puerta sin hacer ruido.
En el pasillo la esperaba María, su sirvienta más fiel, con gesto preocupado.
—¿Cómo está el niño, señora? —preguntó en voz baja.
—Durmiendo. Por fin tranquilo —respondió Doña Elvira, ajustando el chal sobre sus hombros.
María la miró con cautela antes de atreverse a preguntar:
—¿Y… qué fue lo que pasó con la señora Sara?
El rostro de Doña Elvira se endureció. La dulzura desapareció de inmediato.
—Se mató —dijo con frialdad—. Y qué bueno que lo hizo. Fue lo menos que podía pasarle después de todo el daño que causó.
María abrió los ojos con asombro.
—¿Cómo puede decir eso, señora? La pobre…
—