Doña Elvira se inclinó sobre la cama y besó con suavidad la frente de Nico, que dormía profundamente, abrazado a su pequeño peluche.
Lo observó por unos segundos, con una mirada entre tierna y calculadora.
—Descansa, mi niño… —susurró con voz baja—. Ahora estás en casa, donde realmente perteneces.
Apagó la lámpara de noche y salió del cuarto con paso lento, cerrando la puerta sin hacer ruido.
En el pasillo la esperaba María, su sirvienta más fiel, con gesto preocupado.
—¿Cómo está el niño, se