Damián manejaba con el corazón acelerado, los dedos apretados al volante y la mirada fija en el camino. La llamada de Jorge resonaba una y otra vez en su cabeza.
—No puede ser… —murmuraba con voz quebrada—. Sara no haría algo así. Ella estaba bien, quería salir adelante con Nico…
Gabriela, desde el asiento del copiloto, lo miraba preocupada. Podía ver cómo la desesperación lo dominaba.
—Damián, por favor, baja la velocidad —le pidió con voz firme—. Llevamos a un niño atrás, lo estás asustando