La mañana avanzaba lenta entre el ruido metálico de la mina. El sol se reflejaba en los cascos amarillos, y el polvo suspendido parecía un velo brillante que cubría el ambiente. Gabriela se ajustó el suyo mientras caminaba hacia Damián, que revisaba un informe con el ceño ligeramente fruncido.
Él levantó la vista justo cuando ella lo alcanzó.
—Me voy ya —dijo Gabriela, acomodándose el bolso en el hombro—. Tengo algunos asuntos que atender fuera de la mina.
Damián dejó los papeles a un lado y se acercó, tomándole la cintura con una lentitud que la estremeció.
—¿Asuntos? —preguntó con una sonrisa suave, aunque en su mirada había un brillo interrogante.
—Nada importante —mintió ella, como si las palabras le rozaran la lengua con culpa—. Solo gestiones personales.
Damián inclinó la cabeza, observándola de forma más profunda de lo que ella quería.
—Te amo, ¿lo sabes? —murmuró él, acariciándole la mejilla—. Recuérdalo hoy. Pase lo que pase… quiero que no olvides eso.
Gabriela sintió el cora