La mañana avanzaba lenta entre el ruido metálico de la mina. El sol se reflejaba en los cascos amarillos, y el polvo suspendido parecía un velo brillante que cubría el ambiente. Gabriela se ajustó el suyo mientras caminaba hacia Damián, que revisaba un informe con el ceño ligeramente fruncido.
Él levantó la vista justo cuando ella lo alcanzó.
—Me voy ya —dijo Gabriela, acomodándose el bolso en el hombro—. Tengo algunos asuntos que atender fuera de la mina.
Damián dejó los papeles a un lado y se