Jorge estaba sentado en el suelo de su sala, con la espalda apoyada contra el mueble y una botella medio vacía colgando de sus dedos. La luz tenue del apartamento apenas iluminaba su rostro, pero aun así era evidente: tenía los ojos rojos, la barba crecida, y un temblor sutil que recorría sus manos cada vez que acercaba el vaso a los labios.
Cuando la puerta se abrió, ni siquiera giró la cabeza.
Damián entró primero, seguido de Gabriela y luego Lucia. El silencio del lugar era tan pesado que casi podía oírse.
—Jorge… —comenzó Damián, acercándose con cautela.
—No vengas a darme sermones —gruñó él sin levantar la mirada—. Déjenme solo.
—No vas a quedarte solo luego de lo que pasó —replicó Gabriela, con voz suave pero firme.
Jorge soltó una pequeña risa amarga.
—Todos ustedes felices… avanzando… viviendo. Y yo… —se dio un trago pesado— yo sigo aquí, sin poder olvidar cómo se me fue de entre las manos.
Lucía cruzó los brazos, tensa.
—Victoria no se fue por tu culpa —dijo con fuerza.
Jorge