Jorge estaba sentado en el suelo de su sala, con la espalda apoyada contra el mueble y una botella medio vacía colgando de sus dedos. La luz tenue del apartamento apenas iluminaba su rostro, pero aun así era evidente: tenía los ojos rojos, la barba crecida, y un temblor sutil que recorría sus manos cada vez que acercaba el vaso a los labios.
Cuando la puerta se abrió, ni siquiera giró la cabeza.
Damián entró primero, seguido de Gabriela y luego Lucia. El silencio del lugar era tan pesado que ca