Gabriela observó la mansión de los De La Vega desde la ventana del auto mientras este subía lentamente por la colina. Las luces cálidas iluminaban los ventanales, pero aun así la casa se veía fría… como si guardara secretos en cada esquina.
Damián le apretó la mano.
—Estás en casa —susurró con una mezcla de ilusión y nerviosismo.
Gabriela sonrió, aunque el miedo le oprimía el pecho.
Al bajar del auto, la puerta principal se abrió.
Doña Elvira, en silla de ruedas, la esperaba. Su rostro era una