Gabriela observó la mansión de los De La Vega desde la ventana del auto mientras este subía lentamente por la colina. Las luces cálidas iluminaban los ventanales, pero aun así la casa se veía fría… como si guardara secretos en cada esquina.
Damián le apretó la mano.
—Estás en casa —susurró con una mezcla de ilusión y nerviosismo.
Gabriela sonrió, aunque el miedo le oprimía el pecho.
Al bajar del auto, la puerta principal se abrió.
Doña Elvira, en silla de ruedas, la esperaba. Su rostro era una máscara perfecta de cortesía… y detrás, en sus ojos oscuros, ardía algo que solo Gabriela lograba descifrar: amenaza.
—Gabriela —dijo ella con un tono demasiado amable—. Bienvenida. Ahora formas parte de esta familia.
Damián se acercó a besar la mejilla de su madre.
—Gracias por aceptarla, mamá.
—Tu felicidad es mi prioridad —respondió Elvira sin parpadear, manteniendo esa sonrisa falsa.
Gabriela no respondió. Sabía que cualquier palabra podía ser usada en su contra.
—Pero hija, ya Damián, me h