La mañana llegó lentamente y Rossy seguía dormida entre las sábanas desordenadas. El cuerpo aún le dolía apenas, un dolor suave y extraño entre sus piernas que, lejos de incomodarla, le arrancaba pequeñas sonrisas silenciosas.
La noche había sido dulce, mucho más dulce de lo que alguna vez imaginó.
Gustavo había estado pendiente de ella todo el tiempo. De cómo respiraba, de si se sentía cómoda, de si le dolía algo. Incluso cuando el deseo lo consumía, Rossy podía notar cómo él se contenía para