A la mañana siguiente, Ismael ya estaba en el orfanato desde muy temprano. El sol apenas comenzaba a iluminar las ventanas mientras él tomaba una taza de té sentado junto a Angélica en el pequeño comedor.
El ambiente olía a pan recién horneado y chocolate caliente. Afuera, el lugar todavía estaba silencioso porque los niños seguían durmiendo después de la terrible noche que habían vivido.
Angélica suspiró cansadamente mientras sostenía su taza.
—Llegaron cerca de las tres de la mañana.
Ismael l