El sol caía como un abrazo cálido sobre mi piel, el resplandor del típico sol australiano brillaba con más fuerza que nunca. Aunque en la otra parte del mundo era invierno, en Australia parecía que el sol no comprendía el concepto de que en Navidad hacía frío. Esa mañana, a pesar de ser temprano, ya mi energía estaba por los suelos. Me había dedicado a correr, jugando con mi hijo, persiguiéndolo de un lado a otro, a mi querido Edward. La risa infantil me devolvía vitalidad, como si toda la fuerz