Ambos miraron a Paz con sorpresa, sintiendo que el aire en la habitación se volvía denso.
—¡Mamá, yo…!
—Vístanse. Hablaremos después. —La voz de Paz fue un filo de hielo antes de salir y dar un portazo que resonó como un trueno en el pecho de Mia.
El sonido pareció despertarlos de una fantasía fugaz. Eugenio suspiró y se llevó las manos al rostro, sintiéndose un cobarde.
—Perdóname, Mia. Esto es mi culpa… Ayer yo…
Ella negó con la cabeza, su mirada estaba nublada, pero no de confusión, sino de u