Mía quiso gritar, pero antes de que su voz pudiera salir, sintió una mano áspera aferrándola con fuerza, arrastrándola lejos de Eugenio. Su corazón latía desbocado, el pánico la inundaba, y su cuerpo se estremecía como si su mundo estuviera desmoronándose.
El desconocido la sujetó con un agarre férreo, su aliento caliente y agrio rozando su cuello. Todo dentro de ella daba vueltas, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar. Su mente se nubló de confusión y miedo. I