Paz llevó a las niñas a la cama, acariciándoles el cabello hasta que sus respiraciones se volvieron pausadas y profundas.
Quería que tuvieran sueños tranquilos, aunque su propio corazón estuviera hecho un caos.
Cuando salió del cuarto de las pequeñas, sintió cómo sus piernas flaqueaban.
Apenas pudo sostenerse antes de que un sollozo escapara de su garganta.
Randall, que la esperaba en la sala, no dudó ni un segundo en rodearla con sus brazos.
—Lo siento, Paz —susurró contra su cabello—. No debí