Paz condujo con el corazón latiéndole a mil por hora.
Sus manos temblaban sobre el volante, pero no podía detenerse.
Miraba por el retrovisor con paranoia, convencida de que en cualquier momento vería aparecer los faros de un auto siguiéndola.
Cuando llegó a la estación del tren, su respiración era errática.
Bajó del auto rápidamente y, con torpeza, sacó las maletas. Luego, ayudó a las niñas a bajar.
—Mami, ¿vamos de vacaciones? —preguntó Mia con la inocencia de quien aún no entiende el peligro.