Martín sonrió con disimulo al ver al hombre alejarse. Un peso se levantó de su pecho, pero su alivio duró apenas un instante.
Se giró rápidamente y se acercó a un celador, su voz baja pero urgente.
—Mata a esos hombres —susurró—. Te pagaré mucho dinero. Solo asegúrate de que no quede rastro de ellos.
El celador entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa ladeada.
—¡Quiero doscientos mil dólares!
Martín sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era demasiado. Su garganta se secó y tragó saliva con d