Al día siguiente, cuando Vivian abrió los ojos, una punzada de vergüenza la atravesó como un rayo.
Su piel ardía, y su respiración se agitó al recordar lo que había sucedido. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera salir de su pecho.
«Esto no debió pasar… ¿Qué hice?», pensó, llevándose una mano a la frente.
Se levantó apresurada, su cuerpo temblaba. Apenas y pudo vestirse con manos torpes, luchando contra los recuerdos difusos de la noche anterior.
Cada prenda que se ponía le recordaba el