Eugenio golpeó la mesa con fuerza, su respiración se desbocó, su corazón latía tan rápido que sentía como si fuera a estallar en su pecho.
—¡Imposible! ¡Ella no puede ser la heredera de los Eastwood! —exclamó, con los ojos fijos en el teléfono, el eco de la noticia retumbando en su mente. Pero, por alguna razón, algo en lo más profundo de él le decía que eso era cierto.
Tras la puerta, Arleth escuchaba cada palabra, sintiendo cómo la rabia y la frustración comenzaban a consumirla.
Con una mano a