Vivian retrocedió, su respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando con rapidez mientras el miedo le oprimía el corazón.
Su mente le gritaba que corriera, que escapara, pero sus piernas estaban ancladas al suelo. No podía seguir negándolo. Ya no podía escapar todo el tiempo como un ladrón, entonces, le mirò fijamente, con rabia, con desesperación.
—¡Déjame en paz! ¡Déjame ir! —su voz salió firme, pero su interior temblaba.
Él negó de inmediato, su mirada ardía con una mezcla de desespera