Gabriel caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
Cada paso resonaba en el piso de la sala de espera, cada respiro era una punzada de angustia que lo carcomía desde adentro.
Sentía que estaba perdiendo el control, que su mundo se desmoronaba. Solo podía pensar en ella.
Vivian.
Y en su bebé.
Si las perdía, si ambas desaparecían de su vida, entonces él también se perdería. No había salvación para un hombre como él si Dios le arrebataba lo único que le quedaba.
Sacó su teléfono con manos