Mila se despertó sobresaltada, sintiendo una ligera presión en su vientre.
Su bebé estaba moviéndose inquieto, enviando pequeñas pataditas que le hacían sonreír a pesar de todo.
Pero algo no estaba bien. Su mano se deslizó hacia el otro lado de la cama, buscando a Aldo, como si fuera lo más natural del mundo, pero al sentir la frialdad de las sábanas vacías, su corazón dio un vuelco.
—¿Aldo? ¿Dónde estás? —dijo en voz baja, casi como un susurro, esperando que su esposo apareciera en la oscuridad