Randall cargó a Bianca en sus brazos, sintiendo el peso de su fragilidad contra su pecho.
Su respiración estaba agitada, su piel ardía, y la ansiedad se enredaba en su estómago como un nudo imposible de desatar. La acomodó en el asiento trasero del auto y se deslizó a su lado.
El chofer arrancó sin cuestionar, y en el silencio del vehículo, Randall la observó.
Su cabeza descansaba en su hombro, su piel olía a perfume dulce con un rastro de licor, y su expresión era indescifrable.
De pronto, sint