—¡Cuide sus palabras, señor Leeman! Recuerde que decir eso son palabras mayores —sentenció el abogado de Terrance, su tono firme, casi amenazante.
El ambiente estaba cargado de tensión. Deborah, furiosa, apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
La rabia brotaba de ella como si fuera una corriente imparable.
No podía creer lo que estaba escuchando, cómo todo su mundo se desmoronaba a su alrededor, como si una fuerza invisible hubiera arrancado el suelo bajo sus pies.
—¡Maldito