—¡¿Qué has dicho?! —David estalló, la furia en su pecho, desbordándose en un grito que resonó en la sala.
En un impulso salvaje, se lanzó sobre el hombre, sus manos, aferrándose al cuello de la camisa de este con una fuerza que parecía capaz de romperlo. El aire se volvió espeso, tenso, como si cada segundo fuera una eternidad.
—¡Mienten, David, no le creas! —Linda gritó, pero su voz, quebrada, no conseguía penetrar la tormenta de emociones que estallaban a su alrededor. Su cuerpo temblaba, supl