Al llegar a casa, Mila ordenó que llamaran al médico. La angustia, la carcomía.
Aldo se recostó en la cama con una sonrisa tierna.
—Estoy bien, mi amor. No te preocupes.
Alzó la mano y Mila la tomó. Sus ojos seguían llorosos cuando el doctor llegó.
Después de revisarlo, el médico limpió la herida y le recetó antibióticos.
—El señor Coleman está bien, pero debe cuidar la herida para evitar infecciones.
Mila asintió con determinación.
—Lo cuidaré.
El médico se fue y Aldo, adormecido por los medica