El rostro de Francisco se torció en un rictus de rabia pura.
Sus ojos, ennegrecidos por la furia, chispeaban con un brillo peligroso cuando se acercó a Arly con pasos lentos, amenazantes.
Sin previo aviso, le agarró el rostro con ambas manos y pellizcó sus mejillas con fuerza, obligándola a mirarlo fijamente.
—¡¿Qué dices?! —su voz fue un rugido seco, cargado de incredulidad y enojo—. ¿Te escuchas a ti misma? ¡Estás delirando!
Arly sintió el ardor en su piel, el apretón era doloroso, pero lo que