—¡Basta, papá! —la voz de Mia resonó con fuerza en la habitación, llenando el aire de tensión.
Su pecho subía y bajaba con la respiración entrecortada, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y desesperación.
—¡Terrance y Gabriel, deténganse ahora mismo! —gritó Paz, su tono autoritario retumbando como un golpe seco.
La furia en su rostro era evidente, pero había algo más: una profunda preocupación por el hombre al que había criado como su propio hijo.
Ambos hombres se quedaron quieto