Eugenio no podía ocultar su nerviosismo. Con el corazón, latiéndole con fuerza, arrullaba a sus bebés con ternura, sus brazos, protegiéndolos como si fueran su única ancla en un mar de dudas.
Mía lo observaba en silencio, con una mezcla de amor y comprensión en la mirada. Sabía lo mucho que pesaban las decisiones sobre sus hombros, la lucha interna que él libraba con sus propios miedos.
Cuando los pequeños finalmente se quedaron dormidos, Eugenio suspiró, sintiendo cómo el agotamiento lo invadía