Aldo condujo con el rostro impasible, pero sus nudillos se marcaban blancos contra el volante.
El celular vibraba una y otra vez en el asiento del copiloto, pero él no hizo el mínimo intento por responder.
Sabía quién llamaba, sabía qué querían decirle. Nada importaba.
El camino fue un túnel de silencio, un abismo que tragaba cualquier pensamiento racional. Solo quedaba el latido de su corazón, pesado, lleno de rabia y dolor.
Cuando llegaron al puerto, la brisa marina se llevó el aliento de Mila