Francisco aceleraba a toda velocidad, sus manos apretaban el volante con fuerza, mientras su mirada se mantenía fija en la carretera, como si nada pudiera detenerlo.
Mila, a su lado, sentía que el mundo se desvanecía a su alrededor. La presión en su pecho era insoportable.
Abrió los ojos lentamente, luchando por despejar la niebla que cubría su mente.
El mareo la embargaba, pero algo en su interior la alertaba.
«No está bien, esto no puede ser real…» pensó, mientras la angustia comenzaba a tomar