Era un jueves cualquiera cuando el pasado llamó de nuevo a la puerta de los Roosevelt.
No con violencia, ni con amenazas, sino con un sobre de papel reciclado, entregado a mano en la recepción de la fundación por una mujer mayor de cabello gris y porte digno.
El sobre estaba dirigido a Caleb, con una sola palabra escrita en la parte trasera:
"Perdón".
Dentro, una fotografía y una carta breve.
La foto mostraba a un hombre de unos sesenta años, delgado, de rostro surcado por arrugas profundas