Nora
—¿Tu mate? ¿Tu… ma… mate destinado? —preguntó ella, aterrada, mientras yo asentía. Me abrazaba las rodillas, balanceándome, mientras ella estaba a centímetros, en shock.
—Sí… él es mi mate —confesé. En medio de mi dolor, se sentía bien decirlo en voz alta a alguien más. Indira y yo confiaríamos nuestra vida a Ágata.
—Tu mate en una manada que no cree en mates, que… los alejaría, quizás los mataría si se enteran de que son mates —susurró angustiada. Sus grandes ojos azules estaban abiertos