El sol del mediodía caía como un martillo sobre el campo de entrenamiento del Consejo Supremo. Los pinos circundantes proyectaban sombras largas y afiladas, pero no ofrecían refugio contra el calor que se acumulaba en el aire, denso como una manta de lana. La Manada del Norte se movía en formación, un grupo compacto de lobos que habían aprendido a sincronizar sus pasos con la precisión de un reloj. Lucía, al frente, dirigía el ejercicio con voz firme, aunque cada movimiento le recordaba el prec