La mañana se filtraba a través de las cortinas de la cabaña como un velo de luz dorada, tiñendo el aire con el aroma fresco de los pinos y la tierra húmeda del bosque. Lucía se despertó lentamente, sintiendo unos fuertes brazos aún rodeando su cuerpo, un calor sólido y protector que la anclaba a la cama. Parpadeó un par de veces, ajustando sus ojos a la claridad, y allí estaba él: Jacob, el Alfa de la Manada del Fuego Eterno, aún en su habitación. Habían pactado que se iría antes de que su mana