El silencio del almacén no era silencio: estaba hecho de respiraciones entrecortadas, de latidos como golpes contra la madera vieja, de un calor que aún vibraba entre los cuerpos.
La luz que se colaba por la rendija de la puerta dibujaba un filo pálido sobre el suelo; todo lo demás era penumbra, olor a madera húmeda y un rastro de electricidad que parecía prenderse en la piel.
Lucía apoyó la cabeza contra la estantería y dejó salir el aire en un suspiro tembloroso.
El corazón no le bajaba del c