Capítulo 278: El Latido Ajeno
El silencio que siguió a la revelación fue más devastador que el rugido del portal. Astraea llevó una mano a su pecho, sintiendo el golpe rítmico contra sus costillas. Un latido que, hasta hace un segundo, creía el motor de su propia voluntad. El espejo roto a los pies de la figura encapuchada devolvía una verdad que su instinto se negaba a procesar: ella no era más que un relicario de carne para un alma que Valerius no pudo dejar marchar.
—¿El corazón de tu herman