Capítulo 277: El Laberinto de Huesos
El frío de las montañas del Norte se filtró por las grietas del alma de Astraea al sostener aquel anillo. La plata grabada quemaba más que el hielo, y la fecha —esos tres años de diferencia— se sentía como una daga atravesando su predestinación. Se volvió hacia Valerius, quien permanecía rodeado por las sombras de sus propios ecos, su figura recortada contra la oscuridad del abismo.
—¿Tres años? —preguntó Astraea, y su voz fue un susurro que cortó el viento—