Capítulo 271: El Refugio de los Susurros
El interior de la torre no era de piedra, sino de una madera tan antigua que se sentía como carne petrificada. Al cerrarse las puertas, el estrépito de la tormenta exterior desapareció, sustituido por un silencio denso que pesaba sobre los hombros de Astraea. El aire olía a incienso quemado, resina de pino y ese inconfundible aroma a almizcle y peligro que emanaba de Valerius.
Él estaba allí, de rodillas, con las cadenas de plata siseando contra su piel.