Capítulo 243: El Sacrificio de la Piedra
La mano pálida que atenazaba el tobillo de Astraea no era de carne, sino de un frío que quemaba como el hielo eterno. Al ser arrastrada hacia la roca, sintió que la piedra se volvía porosa, una garganta hambrienta que buscaba engullirla. El estruendo del órgano de iglesia vibraba en sus dientes, una música sacra y macabra que celebraba su caída.
—¡Astraea! —el rugido de Valerius cortó el aire.
Antes de que la montaña pudiera cerrarse sobre ella, él se la