Capítulo 230: El Espejo de las Dos Caras
La oscuridad que las manos del niño impusieron sobre los ojos de Astraea no era un vacío, sino un lienzo donde la realidad de la Gran Sala se replegaba. Cuando la presión desapareció, el estruendo de la torre desmoronándose se había transformado en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el goteo rítmico del líquido esmeralda. Astraea parpadeó, sintiendo que sus pestañas rozaban una superficie fría. Frente a ella no estaba el trono, ni Valerius, ni