Capítulo 168: La Paradoja de la Tiza y la Espada
El frío glacial que entraba por el umbral no traía el aroma de la nieve, sino el olor a tiza seca y a desinfectante de pasillo escolar. Astraea se quedó petrificada, con los dedos aún rozando el mármol ensangrentado del palacio. Frente a ella, la mujer que vestía el uniforme de profesora no parpadeaba. Era un reflejo exacto, pero despojado de la tragedia: sus manos no sostenían una daga, sino un borrador gastado, y su mirada no buscaba el horizon