El grito de Valerius desgarró el silencio de la cámara acorazada, un sonido crudo y animal que heló la sangre de Astraea. El Rey Lycan estaba de rodillas, con las manos apretadas contra sus sienes y las venas de su cuello hinchadas como cuerdas a punto de romperse. La nota de color lavanda, que Astraea aún sostenía entre sus dedos, parecía emitir una vibración rítmica, un latido púrpura que se sincronizaba con la agonía de su compañero.
—¡Valerius! —Astraea soltó el pergamino y se lanzó al suel