El eco de la voz de la doncella poseída aún rebotaba en las paredes del pasillo cuando la columna de luz púrpura que envolvía a Astraea comenzó a cerrarse. La presión del aire cambió bruscamente, volviéndose densa y cargada de un olor a ozono y flores muertas. Al otro lado de la barrera invisible, Valerius luchaba como un animal enjaulado. Sus garras rascaban el suelo de piedra, arrancando chispas, mientras las sombras trepaban por sus muslos y su torso, inmovilizándolo con una fuerza que desaf