La luz grisácea del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, pero no traía consigo la paz habitual del día. Astraea permanecía sentada en el borde de la cama, observando la mancha de ceniza sobre la mesa de noche donde, apenas unas horas antes, descansaba la rosa negra. La palabra "Heredera", trazada en el polvillo oscuro, parecía quemar la madera y su propia cordura. Su mente, agudizada por la hibridez, no dejaba de dar vueltas al significado. No era solo un recordatorio de