Capitulo 80

El amanecer se extendió sobre la Ciudadela de Hierro con una parsimonia casi insultante, tiñendo las torres de obsidiana con un rubí profundo que recordaba demasiado al color de la sangre recién derramada. Astraea se encontraba de pie ante el gran ventanal de los aposentos reales, observando cómo la bruma se disipaba sobre el valle. La luz del sol golpeaba directamente sus ojos amatista, pero no retrocedió. No hubo escozor, ni lagrimeo, ni esa debilidad que las leyendas de los lobos atribuían a
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