La penumbra de la alcoba real se aferraba a las esquinas de la habitación como si se resistiera a ser disipada por la luz del nuevo día. Sin embargo, para Astraea, la oscuridad ya no era un refugio ni una amenaza; era una extensión de su propia piel. Se encontraba envuelta en el abrazo de Valerius, sintiendo el calor irradiar de su cuerpo masivo en ondas constantes que calmaban la agitación de su sangre. El relato de Elara todavía flotaba en el aire, una presencia melancólica que, en lugar de s