El eco de la plata solidificada cayendo al suelo de piedra todavía resonaba en los oídos de Astraea mientras caminaba de regreso por los pasillos de la Ciudadela de Hierro. Su cuerpo, envuelto en una bata de terciopelo que Valerius le había colocado con una devoción casi litúrgica, se sentía extraño, como si cada célula hubiera sido reconfigurada. No era cansancio lo que experimentaba, sino una hiperestesia sensorial que la obligaba a procesar cada detalle del entorno con una claridad quirúrgic