El reloj de la Ciudadela de Hierro dio la primera campanada de la medianoche, y con ella, el tejido mismo de la realidad pareció rasgarse. El silencio que se apoderó del Gran Salón de Banquetes no era el silencio de la paz, sino el de una tumba abierta. Las antorchas, que momentos antes iluminaban el oro y el cristal de las mesas, empezaron a chisporrotear, sus llamas tornándose de un azul espectral bajo la influencia del eclipse total que ahora cubría el cielo exterior. Astraea estaba de pie e