El silencio que siguió a la partida de los gemelos no era un alivio; era una amputación. Astraea permanecía de pie en el centro del Gran Salón, rodeada por los fragmentos brillantes del Espejo de la Verdad, sintiendo cómo la temperatura de su cuerpo descendía a niveles que habrían matado a cualquier ser humano. El rechazo no era una palabra, ni un acto jurídico; era una deflagración biológica. En el momento en que las llamas negras consumieron el vínculo, Astraea sintió como si una garra invisi