Mundo ficciónIniciar sesiónAurora descubre que su novio de dos años la engaña con un hombre: su mejor amigo se lo revuelca en su propia cama. Asqueada, va a un bar a ahogar el despecho en whisky y se topa con Sebas Torner. Sin nombres ni preguntas, terminan en una suite presidencial en una noche de sexo crudo, tosco y salvaje contra el ventanal. Al amanecer, Aurora va a una entrevista de trabajo vital para su carrera como psicóloga. Para su buena o mala suerte, el dueño de la compañía de tecnología más grande de Los Ángeles es el mismo hombre con el que pasó las mejores horas de su vida. Tras ese encuentro, ella queda embarazada. Pero lo que ella no sabe es, ¡Sebas es un hombre lobo! Pues, mientras el amor nace entre ellos, tendrán que afrontar las consecuencias de esa noche y los secretos de su raza oculta. Ella no quiere entrar en el mundo de los lobos; pero él no piensa soltarla. Por fin, uno de los dos quedará de rodillas.
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Los músculos de la espalda del hombre que tengo encima se tensan cada vez que entra en mi zona con una fuerza que me pone a alucinar. No lo conozco de más de dos horas y ya estoy abierta de piernas sobre una suite presidencial en uno de los hoteles más caros de Los Ángeles.
¿Cómo carajos terminé aquí? Se preguntaran.
Sencillo: despecho y alcohol.
Hace tres horas descubrí que mi exnovio no solo es un imbécil, sino un traidor que me engañó de la forma más rastrera. Fui al bar del hotel dispuesta a quemar el mundo, o a quemarme yo. Y ahí estaba él. cruzamos palabras por un par de horas. Una mirada, un trago pagado, y una tensión tan espesa que cortaba el aire.
Apenas pusimos un pie en esta habitación, la sutileza se fue al caño. Me rasgó la ropa sin miramientos, me lanzó a la cama y me abrió de piernas.
Ahora, su peso me aplasta contra el colchón de seda y el dolor de la traición se diluye con cada embestida tosca.
Es un maldito desconocido. No sé su nombre, no sé a qué se dedica, no sé qué clase de monstruo o santo es, pero estoy en su cama, pero la brutalidad con la que me toma es justo el anestésico que mi mente exigía.
—Mírame —gruñe. Su voz es una lija áspera que me vibra directo en la espina dorsal.
Obligo a mis ojos a enfocarse. Su rostro es pura piedra: mandíbula rígida, facciones duras, indescifrables. Pero sus ojos... sus ojos queman.
Me sostiene la mirada mientras se retira casi por completo, torturándome con la ausencia, para luego enterrarse de golpe, profundo, arrancándome un jadeo que rebota en las paredes de la suite.
—Así —murmura contra mi oído, y su aliento caliente me hace temblar—. Muérdete la lengua si quieres, pero no me quites los ojos de encima.
Mis manos, desesperadas por aferrarse a algo real, suben por sus brazos macizos hasta clavarse en sus hombros. Su piel quema. La fricción es salvaje, un ritmo despiadado que busca someter y, al mismo tiempo, adorar. Porque hay una dualidad enferma en lo que hace: es rudo, tosco, me sujeta las muñecas contra la almohada con una fuerza que dejará marcas, pero de pronto baja la cabeza y me devora la boca con una desesperación insaciable.
Me besa y me chupa los labios como si le pertenecieran, como si reclamara un territorio que ni siquiera conoce. El sabor a whisky de su boca se mezcla con el mío. Es un maldito torbellino. Me asfixia y me da vida a la vez.
—No sé... quién eres —consigo articular entre los vaivenes destructivos que me descolocan el esqueleto.
Él suelta una risa seca, un sonido peligroso que se pierde cuando baja los besos por mi barbilla hasta morder la piel sensible de mi cuello. Me estremezco, arqueando la pelvis para buscar más de esa presión bendita que me aleja de la realidad.
—No necesitas saberlo —responde, con la voz ronca, espesa de lujuria—. Esta noche no eres de nadie más que del hombre que te está rompiendo en esta cama. ¿Te queda claro?
—Sí —gimo, perdiendo el control, entregándome al salvajismo de sus embestidas.
El dolor del engaño de mi ex se extingue, reemplazado por el fuego puro de un extraño que me usa y al que yo uso con la misma intensidad. No hay espacio para el romance, solo carne, sudor, la suite de lujo como mudo testigo, y la fuerza descomunal de un hombre que me hace olvidar hasta mi propio nombre.
El ritmo se vuelve insostenible. La presión en mi vientre se condensa, se tensa como una cuerda a punto de romperse bajo el peso de sus embestidas salvajes. Él lo nota. Siente las contracciones de mis paredes rodeándolo, aprisionándolo, y en lugar de detenerse para saborear mi caída, acelera. Es un maldito animal. Me empuja al abismo sin piedad. Un gemido agudo, roto, se me escapa de la garganta cuando el orgasmo me golpea, sacudiéndome entera, nublándome la vista en una oleada de calor cegador.
Pero no para.
Apenas voy bajando de la nube cuando me toma de los muslos con fuerza y me levanta del colchón como si no pesara nada. No me da tiempo de respirar. Me arrastra fuera de la cama, cargada, mis piernas enredadas en su cintura y mi espalda chocando contra el frío cristal del ventanal de la suite presidencial.
El contraste me hace jadear: la frialdad del vidrio en mi espalda, las luces de Los Ángeles brillando al fondo como un universo lejano, y el fuego abrasador de su cuerpo enterrándose en mí desde una posición que me estira y me expone por completo.
—No... espera... —suplico, aunque mis manos se clavan en su cabello, contradiciendo mis palabras.
—Dije que no iba a parar —ruge contra mi piel.
Me gira de espaldas contra la ventana. Mis palmas se apoyan en el vidrio frío, sosteniendo el peso de mi cuerpo mientras él se pega a mi retaguardia. Su pecho choca contra mi espalda con cada embestida ciega, ruda, destructiva. Es una fuerza de la naturaleza. Me sujeta por las caderas, hundiéndome los dedos en la carne, dejando marcas que mañana serán el recordatorio perfecto de esta locura.
Su boca busca mi hombro, mi cuello; no me besa, me muerde.
Me magulla la piel con una posesividad enferma para un hombre cuyo nombre ni siquiera conozco. El dolor y el placer se trenzan en una sola descarga eléctrica que me recorre la espina dorsal.
Estoy temblando. Las piernas no me sostienen, es solo su agarre brutal lo que me mantiene en pie.
Cuando mis fuerzas ceden por completo, me deja caer de regreso a la enorme cama, sobre el desastre de las sábanas de seda. Se sitúa entre mis piernas de inmediato, sin dar tregua, y ahí, con los cuerpos empapados de sudor y la respiración rota, se desata el sexo más fenomenal, crudo y perfecto de toda mi existencia.
Cada fricción es exacta, cada embestida me vacía la mente de traiciones, de pasados y de nombres. No existe el ex, no existe el dolor. Solo existe la fricción de la piel, el crujido de la cama y este maldito extraño que me está haciendo pedazos de la manera más gloriosa posible.
El amanecer entra con saña por el ventanal de la suite. El reloj digital de la pared marca las 6:15 AM.
El dolor muscular es lo primero que me espabila; tengo la pelvis molida y las caderas marcadas. Intento moverme, pero un peso muerto me lo impide: su brazo, macizo y pesado, sigue atravesado en mi cintura como una cadena.
Deslizo su mano con una lentitud. El tipo ni se inmuta; duerme de espaldas, con la respiración pesada y la musculatura de la espalda relajada por fin.
Me pongo en pie y el frío del suelo me corta el sueño. Busco mi ropa pero es basura. El vestido está rasgado por la costura lateral, inservible. Maldigo entre dientes. No puedo salir desnuda de un hotel de cinco estrellas.
Diviso su camisa blanca tirada cerca de la base de la cama. Me la pongo. Me queda enorme, el dobladillo me cubre hasta los muslos y apesta a su perfume de diseñador mezclado con el whisky de anoche.
Recojo mi abrigo del suelo, sacudo el polvo y me lo echo encima, abotonándolo hasta el cuello para ocultar el desastre.
Antes de avanzar a la puerta, me detengo al borde de la cama. Lo observo un segundo. Sigue siendo un enigma de facciones duras, pero anoche fue el anestésico perfecto.
—Una noche fenomenal —susurro, apenas un hilo de voz—. Lástima que no nos volveremos a ver nunca más.
Le lanzo un beso al aire, un gesto cínico para cerrar el trato, y salgo de la suite sin hacer ruido.
Las piernas me tiemblan en el ascensor. El cuerpo me pasa la factura del salvajismo de hace unas horas, pero no hay tiempo para procesarlo. Lo que paso, paso y no me arrepiento de nada.
Hoy es un día crucial. Tengo una reunión de trabajo que define mi futuro y no pienso dejar que el despecho, el alcohol ni el mejor sexo de mi vida me arruinen la carrera.
Tengo exactamente una hora para llegar a mi apartamento, borrar las marcas del cuello con maquillaje y ponerme un traje ejecutivo para llegar a mi cita laboral con uno de los hombres más influyentes del país.
SEBASTEN—Piénsalo bien —me dijo, acortando la distancia para apoyar la mano libre sobre mi pecho, sintiendo el latido acelerado y pesado de mi corazón—. No te estoy pidiendo que me entregues sin protección. Si estoy bien custodiada, si tú y tu guardia arman el perímetro perfecto, no habrá margen de error. Tus hombres son implacables, Sebasten. Tú eres implacable. Sé que no vas a dejar que me pase nada.—Un solo fallo táctico, un solo francotirador que no veamos a tiempo, Aurora, y te pierdo —respondí en un susurro áspero, tomándola de la barbilla con brusquedad contenida—. No me pidas que juegue a la ruleta rusa con tu vida.—¡Es que no quiero seguir viviendo así! —soltó, dejando de lado la calma y dejando ver la desesperación que llevaba acumulada en el pecho—. No quiero despertar a mitad de la noche revisando si las puertas están cerradas. No quiero ver a mis padres con miedo de regresar a su casa, ni criar a Christopher sabiendo que hay una rata rondando por las fronteras esperand
SEBASTEN.Estaba de pie junto al ventanal de mi despacho, con un vaso de whisky intacto en la mano y la mirada perdida en la línea de árboles del bosque. La rabia contenida me tensaba la espalda. La orden del Consejo estaba en mi bolsillo, pero no me servía de nada si no tenía un blanco al cual dispararle.Los informes tácticos sobre el escritorio seguían incompletos. Keith y los rastreadores llevaban horas peinando el sector, pero la confirmación exacta del paradero de Fayir no llegaba.La puerta de madera se abrió con suavidad. Me giré y vi a Aurora entrar cargando a Christopher. Mi hijo dormía profundamente sobre su hombro. Apoyé el vaso en la mesa y me acerqué a ellos. Le quité al bebé con delicadeza, acomodando su pequeño cuerpo contra mi pecho. Su calor corporal de inmediato me bajó un par de revoluciones al pulso.—¿Hay noticias? —me preguntó Aurora en un susurro, buscando mi mirada con preocupación.—Nada todavía —respondí con amargura, pasando un brazo por su cintura para peg
AURORAUn murmullo tenso y áspero estalló al instante en la sala. Varios de los hombres sentados a los lados se reacomodaron en sus asientos, intercambiando miradas de evidente descontento antes de que uno de ellos, el representante de las castas del norte, golpeara la mesa con la palma de la mano.—¡Eso es inaceptable, Sebasten! —exclamó el hombre, poniéndose de pie—. No ponemos en duda la traición de Fayir, pero otorgarte una carta blanca para una ejecución sumaria sin un proceso que sentaria un precedente nefasto. Fayir maneja acuerdos comerciales con tres sectores fronterizos. Si entras a su guarida a matarlo como a un perro, vas a desestabilizar la economía de la región y a provocar un alzamiento de sus leales.—¿Desestabilizar? —intervine, poniéndome a la par de Sebasten y sosteniéndole la mirada al representante—. Fayir usó un agente biológico y secuestró a mi familia. La amenaza ya existe. Lo de mi esposo no es un capricho, es defensa.—La Luna tiene razón —admitió otro consej
AURORA.Me miré al espejo del vestidor, ajustando el escote recto del vestido. Era una pieza imponente de terciopelo azul noche, largo hasta el suelo, con mangas largas que me cubrían con absoluta elegancia y un corte estructurado que disimulaba la inflamación de la cesárea sin restar una sola línea a mi figura. El tono profundo del vestido hacía resaltar el zafiro en mi dedo y la palidez de mi piel. No me veía como una víctima convaleciente; me veía como la Luna de la manada, lista para sostenerle la mirada a quien hiciera falta.Terminé de abrocharme los aretes de plata y me giré para buscar a Sebasten, quien me esperaba junto a la puerta vistiendo su traje oscuro impecable. Sus ojos dorados me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de orgullo silente y pura devoción. Se acercó a mí, me tomó de la cintura con delicadeza extrema y me dejó un beso firme en los labios antes de ofrecerme su brazo.—Estás perfecta, Aurora —murmuró contra mi oído con su voz grave—. Vamos a terminar co





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