El silencio que siguió al acto de beber la sangre de Valerius no fue un silencio de paz, sino de una complicidad peligrosa. Astraea sentía cómo la esencia del Rey Lycan circulaba por sus venas, calmando el incendio de su garganta y otorgándole una claridad mental que rozaba lo insoportable. Sin embargo, con esa claridad vino una nueva carga sensorial. El día treinta y cuatro no amaneció con luz, sino con voces.
No eran voces humanas que resonaran en los pasillos, sino susurros que viajaban en l