El silencio que siguió al acto de beber la sangre de Valerius no fue un silencio de paz, sino de una complicidad peligrosa. Astraea sentía cómo la esencia del Rey Lycan circulaba por sus venas, calmando el incendio de su garganta y otorgándole una claridad mental que rozaba lo insoportable. Sin embargo, con esa claridad vino una nueva carga sensorial. El día treinta y cuatro no amaneció con luz, sino con voces.
No eran voces humanas que resonaran en los pasillos, sino susurros que viajaban en las corrientes de aire que se filtraban por las aspilleras de la Ciudadela. Era como si el viento mismo se hubiera vuelto un mensajero, portando fragmentos de conversaciones, ecos de intenciones y el lamento de la tierra herida.
Astraea despertó con la sensación de que alguien la llamaba por su nombre desde el otro lado de la muralla. Se sentó en la cama, con el cabello plateado cayendo en cascada sobre sus hombros. La luz del sol, aunque filtrada por las cortinas, le pareció hoy una presencia fí