El día cuarenta y seis se manifestó como una herida abierta en el costado de la montaña. El búnker central de la Fortaleza de la Luna Plateada, diseñado para resistir asedios de siglos, vibraba con cada impacto de la artillería pesada del Rey Lycan. El aire allí abajo era rancio, saturado del olor a miedo de los guardias y el aroma metálico de la sangre de los heridos que eran arrastrados a las cámaras inferiores.
Astraea permanecía en el centro de su celda de máxima seguridad. Ya no intentaba