El día cuarenta y seis se manifestó como una herida abierta en el costado de la montaña. El búnker central de la Fortaleza de la Luna Plateada, diseñado para resistir asedios de siglos, vibraba con cada impacto de la artillería pesada del Rey Lycan. El aire allí abajo era rancio, saturado del olor a miedo de los guardias y el aroma metálico de la sangre de los heridos que eran arrastrados a las cámaras inferiores.
Astraea permanecía en el centro de su celda de máxima seguridad. Ya no intentaba sentarse; la presión en su espalda era tal que cualquier contacto con la piedra le resultaba insoportable. Permanecía de pie, con las piernas ligeramente separadas, sintiendo cómo la piedra bajo sus pies transmitía las vibraciones del exterior. Sus ojos amatista, ahora permanentemente brillantes, cortaban la oscuridad como faros.
La puerta del búnker no se abrió con una llave, sino con un estruendo de voces en disputa. Killian entró primero, con la armadura abollada y el rostro manchado de hollí