El día cuarenta y nueve comenzó con un silencio sepulcral que pesaba más que la propia piedra de las catacumbas. Abajo, donde el aire sabía a salitre y a eras olvidadas, el tiempo se estiraba como una goma a punto de romperse. Astraea estaba sentada en un rincón de su celda subterránea, una cavidad excavada en la base misma de la montaña donde los cimientos de la Fortaleza de la Luna Plateada se fundían con la roca madre.
Ya no había saeteras por donde ver el cielo. No había visitas de doncella